El dragón que no vencí
Sobre Gabriel Knight, un escudo con un dragón, y la diferencia entre vencer algo y volver a él. Una historia personal sobre perder un colegio a los 13 años y recuperarlo, años después, no por mérito propio sino por la intercesión de otro.

Alerta de spoilers: esta columna revela momentos clave de la trama de Gabriel Knight: Sins of the Fathers. Si no lo has jugado y prefieres descubrirlo por tu cuenta, vuelve cuando lo hayas terminado.
El escudo de mi colegio tiene un dragón. San Jorge, patrono del Saint George's, clavándole la lanza. Crecí bajo ese símbolo sin pensarlo demasiado, es solo el escudo, el que va bordado en la chaqueta hasta que un juego de computador de los años 90 me hizo volver a mirarlo distinto. Gabriel Knight: Sins of the Fathers escrito y diseñado por Jane Jensen para Sierra On-Line en 1993 es la historia de un hombre que hereda un oficio que no pidió: es un Schattenjäger, un cazador de sombras. Gabriel pasa buena parte del juego negando esa herencia, le llega en pesadillas, en un linaje incómodo, en una sombra que preferiría no cargar. Lo que tarda en entender es que esa sombra no se vence. Se integra. El alivio no llega cuando derrota al monstruo: llega cuando deja de correr de lo que ese monstruo representaba de él mismo. Esa distinción, integrar en vez de vencer, es el centro del trabajo junguiano, y es también, ahora lo veo, el centro de mi propia historia con el dragón de mi colegio. Perder el escudo: Entré al Saint George's a los cuatro años. Ahí fui, por primera vez, alguien: era el dibujante del curso, el que tenía un lugar. A los trece, un quiebre que no elegí me sacó de ahí. Perdí el colegio, perdí esa identidad, perdí a los primeros amigos que un niño hace sin saber todavía que son los que más va a extrañar. Los años que siguieron fueron años de tanteo y búsqueda. De colegio en colegio, buscando dónde encajar y sin encontrarlo del todo. Hasta que, a los diecisiete, una segunda ruptura, esta vez con responsabilidad propia, me dejó fuera de otro colegio más. Volver, no vencer: Lo que vino después no fue una victoria. Fue una intercesión. Mi padre, también exalumno del Saint George's, habló con el padre Gerardo Whelan, rector legendario del colegio, sacerdote de la Congregación de Santa Cruz, el mismo que escondió gente durante la dictadura para que no la detuvieran, y a cuya memoria está dedicada Machuca. Whelan me recibió, me escuchó, y me dejó volver. No hice nada para merecer esa vuelta más que presentarme y ser escuchado. Terminé ahí el colegio, un año más tarde de lo que hubiera correspondido, una generación después de mis amigos de infancia. Pero volví. Hoy, mirando esa historia con los años y con el oficio que elegí, entiendo que nunca vencí nada. No vencí el quiebre de los trece años, ni la rebeldía de los diecisiete. Lo que pasó fue que alguien me abrió una puerta de vuelta a algo que había perdido, y yo la crucé. El dragón del escudo no lo derroté yo. Volví a él. ¿Que tiene que ver esto contigo ? Llego a esto casi todos los días en consulta, con otras historias y otros dragones. Alguien llega queriendo eliminar un rasgo de sí mismo — la rabia, el miedo, la parte que reacciona demasiado fuerte, la que se rebela sin medida. Llega con la lógica de Gabriel Knight al principio del juego: esto es un monstruo, hay que derrotarlo. Pero casi nunca es así. Casi siempre esa parte rechazada es un Schattenjäger propio: algo que quedó fuera del build por necesidad, en un momento en que hacía falta sobrevivir de otra forma. El trabajo no es matarlo. Es reconocerlo, y encontrar cómo volver a él sin que te destruya en el intento. No sé si a los trece años hubiera podido explicar esto. Pero hoy, con un escudo de dragón todavía guardado en algún cajón, sé que la pregunta que más vale la pena hacerse no es cómo venzo esto que rechazo de mí, sino cómo vuelvo a eso, con quién, y qué puerta hace falta que alguien me abra.