Vuelta a Midgar
Jugar FF7 Remake sabiendo el final de antemano me sirvió para mirar algo distinto: cómo un mismo gesto (transmitir algo a otro) puede ser un regalo o una captura, según quién lo recibe. Cloud, Hojo y la dinastía Shinra como tres formas radicalmente distintas de heredar (o no heredar) una identidad.

Lo que Final Fantasy VII Remake me enseñó sobre transmitir y capturar identidad
Alerta de spoilers: este artículo analiza en profundidad la trama de Final Fantasy VII Remake, incluyendo eventos clave de su tramo final. Si no jugaste el título y quieres evitar spoilers, este es un buen punto para volver más adelante.
Final Fantasy VII fue creado originalmente por Hironobu Sakaguchi, productor y creador de la saga Final Fantasy, con Yoshinori Kitase como director y Tetsuya Nomura a cargo del diseño de personajes — responsable, entre otros, del diseño de Cloud y Sephiroth. Final Fantasy VII Remake (2020), el remake fue dirigido nuevamente por Kitase y Nomura, con Square Enix como desarrolladora y editora.
Terminé mi segundo playthrough de Final Fantasy VII Remake sabiendo de antemano cómo termina la historia. Esa no es una confesión menor: jugarlo con el final ya sabido cambia completamente qué se mira. Cuando no hay sorpresa de trama, lo que queda es observar cómo se cuenta lo que ya se sabe, y ahí es donde el juego, sin proponérselo del todo, se convirtió en un caso de estudio clínico completo.
Vengo trabajando hace tiempo en un libro sobre figuras arquetípicas de captura y constricción de identidad, usando los marcos de Alice Miller (falso yo, testigo lúcido, pedagogía negra) junto a conceptos junguianos, para analizar personajes de ficción como casos de estudio. FF7 Remake terminó dándome, sin buscarlo, casi todo el espectro que necesitaba.
El eje central: transmisión vs. captura
La pregunta que atraviesa todo el proyecto es esta: ¿cómo se transmite una identidad de una persona a otra, y en qué punto esa transmisión — a veces bienintencionada, a veces no — se convierte en captura? No son categorías opuestas y limpias. A veces son el mismo acto, y lo que decide de qué lado cae es el estado de quien recibe.
El ejemplo más contundente del juego es Cloud. No tiene un falso yo construido por la vía clásica de la teoría (una infancia de exigencia y adaptación al deseo ajeno). Tiene algo más literal: Zack, su amigo y compañero de armas, muere pidiéndole que "viva por los dos". Es un acto de generosidad radical, casi un regalo. Pero un Cloud ya fracturado por el colapso psíquico de Nibelheim toma esa frase al pie de la letra, no en sentido metafórico, y termina construyendo una identidad entera sobre una vida que no era la suya. Ahí está la primera lección del proyecto: la misma transmisión que hubiera sido honrar una amistad, en un receptor roto, se convierte en secuestro de identidad.
El contraejemplo perfecto: cuando no hay nada que transmitir
Del otro extremo está Hojo, el científico que diseñó buena parte del horror biológico de la historia. Trabajarlo en profundidad me llevó a una conclusión que no esperaba: Hojo no es un caso de captura como los demás. Es lo que terminé llamando el "caso nulo" (no hay una identidad relacional de origen que él haya distorsionado o quebrado, porque nunca pareció tener una). Inyecta a la madre de su propio hijo con material experimental durante el embarazo. Cataloga los restos de una mujer con el mismo placer con que hablaría de un dato de laboratorio bien conseguido. No hay pedagogía negra en el sentido clásico, no hay proyecto de moldear un carácter, porque no hay proyecto relacional en absoluto, sustituido enteramente por método científico desde el principio.
Ese contraste resultó más útil de lo que anticipaba: los demás casos del libro, figuras que sí tuvieron un vínculo que después fue distorsionado o instrumentalizado, se entienden mejor al medirse contra alguien que nunca tuvo vínculo que capturar.
Poder heredado sin una gota de vínculo
El otro hallazgo fuerte de este tramo final fue la relación entre el Presidente Shinra y su hijo Rufus. Es una transmisión de poder absolutamente vacía de contenido humano: cargo, apellido, lógica corporativa, pasando de padre a hijo sin que medie jamás un gesto de vínculo real entre ellos. El padre muere completamente solo (sin colaboradores, sin guardia, sin ni siquiera su hijo cerca) porque construyó toda su vida rodeado de empleados, nunca de aliados. Y el hijo no viene, en parte, porque nunca hubo ahí un lazo filial capaz de convocarlo a esa cornisa.
Lo interesante, y lo que salva a Rufus de ser una simple repetición del padre, es que el material posterior de la saga lo muestra atravesando algo parecido a una individuación tardía, después del colapso casi total de su cuerpo y de su imperio — sin que nadie se la imponga desde afuera. Es de los pocos personajes de esta historia que logra, aunque sea parcialmente, salir de la captura sin disolverse en ella.
Sephiroth: no una sombra, un espejo fallido
Un ajuste metodológico que me pareció importante hacer en el camino fue corregir una lectura junguiana inicial. Es tentador leer a Sephiroth como "la sombra" de Cloud, en el sentido clásico del término. Pero no encaja del todo: la sombra debería representar lo reprimido, lo inaceptable, y en este caso ese lugar lo ocupa mejor la mediocridad que Cloud teme ser, no la violencia de Sephiroth. Lo que Sephiroth ofrece es algo distinto y, a mi juicio, más rico: es un espejo fallido. La misma crisis de identidad (descubrir que el yo que uno creía tener era una construcción externa) resuelta en direcciones completamente opuestas. Uno se derrumba hacia la humanidad rota; el otro, hacia la aniquilación mesiánica.
Lo que este proceso me confirmó sobre el método
Hubo un tramo del análisis donde cometí más de un error factual (detalles de trama que di por ciertos sin haberlos verificado bien) y esos tropiezos terminaron siendo, paradójicamente, el momento más valioso de todo el proceso. Me obligaron a establecer un criterio de trabajo que ahora sostiene todo el proyecto: la interpretación se evalúa por si el razonamiento sostiene, no por si suena convincente; el hecho textual concreto se verifica cruzado, siempre, sin excepción. Ningún nivel de fluidez en un texto —ni humano ni generado por IA— es garantía de veracidad. Esa distinción, más que cualquier hallazgo puntual sobre un personaje, es probablemente el aporte metodológico más importante que este playthrough le dejó al libro.
Lo que sigue
Cierro el Remake en el filo del Capítulo 18, con el grupo huyendo de una Midgar que acaba de cambiar de manos. Lo que viene —INTERmission, Crisis Core, y eventualmente Rebirth, promete complicar varias de estas lecturas, sobre todo todo lo relacionado con el determinismo narrativo y la pregunta de si el destino, dentro de esta historia, es algo que se puede reescribir de verdad o solo una ilusión bien animada.
Por ahora, me quedo con esto: casi ningún personaje de esta historia transmite algo limpio. Y quizás esa es la lección más honesta que un videojuego le puede dejar a alguien que pasa buena parte de su vida profesional pensando en estas cosas, que transmitir bien es mucho más difícil, y mucho más raro, de lo que nos gustaría creer.